No deja de ser curioso cómo, el último
Nobel de Física se debe a un experimento que obtuvo el resultado
contrario a lo esperado. Lo cierto es, que no es habitual que las
grandes y prestigiosas revistas de comunicación científica
publiquen artículos de experimentos cuyos resultados no concuerdan
con las expectativas. Y sin embargo suelen ser precisamente este tipo de
experiencias las que obligan a los científicos a replantearse la
interpretación del mundo que nos rodea.
Esto mismo es lo que les sucedió en la
década de los 90 del siglo XX a los tres astrofísicos
recientemente premiados: Perlmutter, Riess y Schmidt. Diseñaron un
sofisticado experimento midiendo la luz de las supernovas más
lejanas que pudieron encontrar, para demostrar que la expansión del
Universo después del Big Bang (la Gran Explosión, vaya) se estaba
frenando. Cómo no iba a ser así existiendo una fuerza de alcance
casi infinito como la Gravedad y responsable de que todos los cuerpos
que tuvieran masa se atrajeran mutuamente. Pues va y resulta que no.
Que para nada. Que todo se aleja de todo y cada vez más rápido. Que
vaya usted a saber a dónde vamos a llegar.
Además, no se sabe la causa de eso que
describen como la expansión acelerada del Universo. Pero como debe
existir una interacción que nos aleje de todo cada vez más lejos y
más deprisa, y no se puede detectar, le han echado la culpa a la
energía oscura (la energía también se puede pasar al Lado Oscuro
de la Fuerza como en Star Wars).
Equivoquémonos pues, pero sigamos
aprendiendo de nuestros errores y, sobre todo, por mucho que le
cueste a nuestras mentes, seamos capaces de reconocer que estamos
equivocados. Puede ser el primer paso para replantearnos nuestro
lugar en el mundo que nos rodea. Y es que,
en la Ciencia, no existe la verdad absoluta, tan sólo diferentes miradas (más o menos acertadas) a una misma, vasta y compleja realidad.
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