Las partículas elementales son
aquellas que hoy en día se consideran los ladrillos básicos de la
materia. Es decir, aquellas partículas que no se pueden descomponer
en otras más pequeñas. Ya en la antigua Grecia, grandes
filósofos como Demócrito, postularon que la materia debía estar
formada por unidades indivisibles que llamaron átomos (es decir, sin
partes). No sería hasta principios del siglo XIX, cuando Dalton
imaginó la materia formada por lo que hoy conocemos como átomos.
Sin embargo, unos cien años más tarde, se descubrió que estos
átomos no eran tan indivisibles, sino que estaban formados por
partículas con carga eléctrica.
Las nuevas partículas elementales
pasaron a ser el electrón, el protón y (más tarde) el neutrón. El
posterior estudio del núcleo atómico desveló que ni estas
partículas eran tan elementales ni tan poco numerosas. La lista
empezó a crecer: hadrones, mesones, bariones, gluones y toda una
serie de partículas exóticas de vida efímera y costumbres dudosas
(gente de mala vida) aparecían en ella.
Y de nuevo se vio que se podía
simplificar y agrupar todas estas nuevas partículas constituyentes
de la materia en dos grupos: seis leptones (como el electrón y el
escurridizo pero veloz neutrino) y seis quarks (a saber: arriba,
abajo, top, bottom, encanto y extraño). A estos ya sólo resta
sumarles los bosones, es decir, las partículas elementales responsables de cada
una de las cuatro fuerzas fundamentales del Universo (como los fotones).
La nueva Teoría de Cuerdas nos viene a
decir que estas últimas tampoco son partículas puntuales ni
elementales, sino distintos modos de vibración de unas estructuras
energéticas llamadas cuerdas (ya estamos otra vez en la cuerda
floja). Parece ser que esa evidencia cristalina para Sherlock Holmes
no es aplicable al mundo de lo más pequeño. ¿Llegaremos a
encontrar ese ladrillo básico que lo forma todo? O a lo mejor, las
partículas subatómicas son como unas muñecas rusas sin fin, donde siempre
encuentras dentro otra más pequeña.
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