Uno de los principales problemas con los que se encontró Charles Darwin para la aceptación de su teoría de la evolución entre sus colegas científicos era una cuestión de tiempo. Mejor dicho, de falta de tiempo.
Un par de siglos antes, el arzobispo Ussher, tras un estudio concienzudo de la Biblia, comunicó que la Tierra tenía poco más de 4.000 años. Una cantidad considerable para una vida humana, pero comprensible, aunque evidentemente insuficiente para justificar los procesos geológicos que pronto empezarían a estudiarse. Esta cifra fue rápidamente aumentando (aún con el riesgo de herejía y excomunión por quienes iban superando esos 4.000 años bíblicos) y, a finales del siglo XIX Lord Kelvin (contemporáneo de Darwin) la situó en unos 100 millones de años. La diferencia era enorme pero seguía siendo insuficiente para justificar la teoría de la Selección Natural. Tuvo que descubrirse la radiactividad para llegar a mediados del siglo XX a la que se considera hoy en día la edad de la Tierra, unos 4.500 millones de años.
A esta escala de tiempo geológico se la conoce también como tiempo profundo (“deep time”). Fue un proceso largo y complicado para el hombre asumir que había transcurrido mucho más tiempo para el Universo del que eramos capaces de imaginar. Y es que para la Naturaleza, el tiempo de una vida humana no es más que un suspiro. Pero claro, fabricar estrellas y modelar planetas (algunos de ellos con una gran variedad de seres vivos) no es algo que se pueda hacer en un rato.
